“Todo lo hice por vos, mamá”: mató al hombre que lo crio tras una vida de maltratos y recibió una pena atenuada

Sebastián Fuentes, de 19 años, fue condenado a tres años de prisión efectiva por el crimen de Néstor Hugo Fuentes en Victorica. La Justicia comprobó que el joven estalló en estado de “emoción violenta” ante una nueva amenaza de golpiza en un contexto de años de violencia intrafamiliar.El 20 de abril de 2025, la rutina de la calle 24 en la localidad pampeana de Victorica se quebró para siempre. Sebastián Fuentes, de 19 años, salió a la vereda con un cuchillo en la mano gritando: “Vení si sos cojudo, pegame como me sabés pegar”. Segundos después, Néstor Hugo Fuentes, el hombre que lo había criado, caía mortalmente herido tras recibir dos profundas puñaladas en el pecho.

Cuando la policía llegó al lugar, la escena era desgarradora. Encontraron a Sebastián llorando desconsoladamente, apuntándose a la barbilla con un fusil y repitiendo: “Me voy a matar, no me importa nada”. Antes de entregar el arma a los efectivos policiales, miró a su madre y le confesó la raíz de la tragedia: “Todo lo hice por vos, María”.En las últimas horas, el Tribunal Colegiado de la Segunda Circunscripción Judicial de General Pico dictó una sentencia que pone fin a uno de los casos más conmovedores de la provincia. Los jueces María José Gianinetto, Marcelo Luis Pagano y Carlos Federico Pellegrino condenaron al joven a tres años de prisión de efectivo cumplimiento. La pena, inusualmente baja para un homicidio, fue producto de un acuerdo absoluto entre la fiscalía y la defensa, quienes coincidieron en una cruda realidad: el joven asesino fue, ante todo, una víctima.Una olla a presión y el colapso finalDurante el juicio oral se desnudó el horror que se vivía puertas adentro. Néstor Hugo, apodado “Pirincho”, sometía a Sebastián y a su madre, a brutales golpizas, humillaciones y terror psicológico constante. De hecho, el hombre ya contaba con una condena previa por violencia de género. Los testimonios expusieron una crueldad particular: Néstor sabía que el chico no era su hijo biológico —algo que luego comprobó el ADN forense— y se lo recriminaba con violencia, prohibiéndole incluso que lo llamara “papá”.Los vecinos y familiares describieron a Sebastián como un chico “dócil, ejemplar y callado” que había asumido tempranamente el rol de protector de su madre. Las pericias psicológicas fueron determinantes: los profesionales confirmaron que el joven padecía un trastorno por estrés postraumático complejo. Había vivido casi dos décadas en estado de hipervigilancia, desarrollando una personalidad disociada como mecanismo para sobrevivir al abuso.

La mañana del crimen, tras una noche de haber consumido alcohol, el joven intentó retirarse de la vivienda en su moto. Néstor se lo impidió, amenazándolo con que “a este pendejo le hace falta una buena paliza”. Fue la gota que rebalsó el vaso. Según detallaron las psicólogas forenses, los frenos inhibitorios del joven colapsaron en un “cortocircuito mental”. Su psiquis, saturada por el trauma de toda una vida, lo llevó a un pasaje al acto directo e impulsivo sin capacidad de reflexión o deliberación.Al aplicar la figura de “homicidio simple en estado de emoción violenta”, la Justicia reconoció que el accionar de Sebastián fue el trágico estallido de un nivel de dolor y tensión insoportables.

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